jueves, 22 de noviembre de 2012

PIZARRAS GIGANTES

A propósito de un escrito en facebook

En una página de fb, se ha publicado un escrito de padre desconocido que me ha gustado y he añadido a la mía. Va acompañado de la fotografía que va a continuación, que ha dado lugar a un divertido comentario de Josep Mª Blanch. Ambas publicaciones me han llevado a recordar, por la dimensión de la pizarra, algo que me sucedió hace ya muchos años. Empiezo a contarlo después de la foto. Es un poco largo pero muy aleccionador y un buen ejemplo de cuan maldito puede ser el color del cristal.




Lugar de los hechos: antigua sede de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Barcelona, situada en el recinto de la Escuela Industrial de C/Urgel.
Epoca: primeros meses de 1961, un día laborable a últimas horas de la tarde.
Ubicación de la pizarra: Una de las sucias, lóbregas, frías y destartaladas aulas.
Protagonistas: Un servidor, joven y cándido alumno de Selectivo (El primer ingreso a la Carrera) y el profesor de Física de mi grupo, Sr. Mañas.
Cuerpo del delito: un larguísima pizarra que cubría toda la pared frontal del aula, aunque mucho menos alta que la de la foto.

Delito, sí, porque fue un delito que el profesor me tuviera toda la hora de clase dejando que me enredara como un pobre insecto desvalido, en la tela de araña de mi demencial deducción de la fórmula del Dioptrico Esférico. Si: toda una hora necesité para deducir una maldita fórmula que yo mismo había aprendido en cinco minutos cuando la estudiaba. Pero... en un determinado y fatídico instante, ¡nada más empezar!, escogí el camino equivocado que me condujo al desastre, aunque al final de la clase, y no sé todavía porqué extraño milagro, pudiese salir. Fue justo entonces cuando el profe dijo:

-Está bien, pero habría terminado antes si en lugar de hacer ésto (y señaló el lugar en el que había metido la pata), hubiese hecho ésto (donde había recobrado el juicio).
-¿Y por qué no me lo ha dicho?, balbuceé, estupefacto y con los primeros síntomas de estar cabreándome como una mona.
-Para que sus compañeros aprendan lo que no se debe hacer en una demostración.

¡Qué...! ¡Pero, qué...! ¡Permitió que durante una interminable hora estuviera escribiendo y borrando, escribiendo y borrando, llenando pizarra tras pizarra de insensatas deducciones sin decir ni mu. Sin corregir, ni aconsejarme. Mirando, sonriendo por lo bajines, regodeándose de mi desgracia...

Gasté tanta tiza y borré tanto que llegó un momento en el que tuve que hacerlo por enésima vez y busqué desesperado el maldito borrador. Preso del pánico más abyecto, intenté localizarlo y allí, en la otra punta del estante, vi un trapo. Galopé hasta él como un poseso, alargué el brazo y ¡Dios, llevaba uno en la mano y no lo sabía! Desolado, me quedé mirando la mano con el condenado borrador. Estuve a punto de echarme a llorar. Consecuencia: carcajada general de toda la clase, incluidos mis mejores amigos. Hasta el hierático Sr. Mañas esbozó una leve sonrisa. 

Pasado el tiempo, con el distanciamiento que eso da, supongo que el profesor se dio cuenta de que yo sabía el tema pero me había enredado y le picó la curiosidad por saber si sabría salir del lío en el que me había metido. Puede ser cierto que también pretendiera, como dijo, que mis compañeros escarmentaran en cabeza ajena, pero para eso no hacía falta hacerme padecer durante una hora.

El tiempo da distanciamiento, pero no tanto. Me acuerdo de todo y de todos. En especial de los que se rieron a carcajada limpia y que, como suele ocurrir, eran con diferencia los peores de la clase. Debo añadir; por si alguien piensa que recuerdo con excesiva precisión algo tan nimio que pasó hace 50 años; que soy un rencoroso. Totalmente inexacto, aunque si es cierto que toda la vida me ha acompañado una inmerecida fama de serlo. 

No es para tanto. Para demostrarlo me basta con un par de ejemplos escogidos al azar: a un compañero de estudios, C. B., volví a dirigirle la palabra sólo doce años después de un suceso en el que nos vimos envueltos. Y, sin ir más lejos, a E. V., también compañero, en el breve plazo de unas pocas semanas después de haberme hecho una trastada. Trastada por la que me vi obligado a mandarle una carta certificada a su trabajo, después de innumerables intentos previos para que se enmendara. Tras leerla, me telefoneó, no le colgué y acepté el diálogo. Es decir, un comportamiento impecable por mi parte.

¡¡Je, je, estaba cabreado como una mona porque había abierto la carta delante de sus compañeros, para presumir y se enteraron de lo que ponía!! En el sobre, para darle más intríngulis, puse debajo del nombre y tratamiento, Doctor Ingeniero Industrial. Director de la Oficina Técnica de..., aunque no era ninguna de las dos cosas porque le faltaba entregar el Proyecto Fin de Carrera y encima sólo era uno de los esclavos-estudiante en prácticas (sin sueldo) de la Oficina. Pero sabía de su vanidad y estaba convencido de que al leer el sobre le faltaría tiempo para destriparlo delante de todo bicho viviente. En el escrito sólo puse: "¡Eres un cabrón!". Y mi firma. Como era un tipo visceral, se le mudó la cara, se acordó de toda mi familia, montó en cólera... y todo el mundo se enteró, que era de lo que se trataba

Mirándolo bien, quizás si que fui un poco borde... pero rencoroso, no. ¡Le volví a hablar!

Cuando a uno le cuelgan un sanbenito...


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