martes, 19 de marzo de 2013


3ª NARRACION 
(a partir de un texto recomendado, en azul))

Este sitio es un lugar inmundo. Nadie conoce a nadie, nadie se preocupa de nadie. Todos sospechan de todos y todos vigilan a todos. Yo observo de reojo a quienes están a mi lado lo mismo que ellos me observan a mi.

Si en la próxima Legislatura no conseguimos formar grupo parlamentario propio me doy de baja del Partido. ¡Estoy harto del Grupo Mixto! No aguanto más formar parte de una pandilla de insatisfechos que no sirve para nada, empezando por mí. Ni siquiera podemos sentirnos útiles cuando el partido que gobierna no dispone de mayoría absoluta. Si cuenta con apoyos claros y estables no tiene necesidad de negociar con nosotros. Los únicos debates dignos de tal nombre se producen en proyectos irrelevantes, cuando al Gobierno no le preocupa el resultado. Sabe de antemano que dispone de margen de maniobra suficiente para sacar adelante su propuesta. 

¿Cómo es posible que se nos margine de esta manera cuando entre todos los partidos que lo componemos sumamos cerca de un millón y medio de votantes?
Y entre quienes nos consumimos por no poder hacer cuanto quisiéramos, ¿a santo de qué tanto mirar de reojo y vigilarnos unos a otros para averiguar que vota cada cual? ¿Por qué he de sentir los ojos viscosos de Ruperez fijos en la mano cuando extiendo el brazo para tocar el maldito botón? ¡Como si fuera un asunto de vital importancia el asunto que se debate!... Bueno, en la mía y en la de todos los del grupo; no olvidemos que luego tiene que pasar el informe al Presidente de la Cámara; que ya sabemos todos de qué pie cojea Ruperez: se está trabajando, voto a voto, el cambio de Partido. 

Si digo que aquí nadie conoce a nadie puedo resultar exagerado, pero en algunos aspectos es una verdad como un templo... ¿Qué sé yo de Seguí, de Roca, de Sanchez, si ni siquiera he cruzado unas palabras con ellos en los pasillos o en el bar? Somos extraños y, lo que es peor, no parece preocuparnos. 

Tendría sentido vigilar lo que hacen tus colegas si la situación fuera de mayoría relativa inestable. Un Gobierno abocado a unas votaciones en la que nuestro voto pudiera resultar crucial para aprobar o rechazar la propuesta debatida, tendría que negociar. Por otra parte, se dan circunstancias en las que ni yo mismo tengo claro qué debo votar, por mucho que lo haya analizado o, incluso, discutido con otros. Debe notarse y es lógico que les pique la curiosidad. Al fín y al cabo, ¿quienes somos?: cada uno es de su padre y de su madre. Mi caso, por ejemplo: único representante de mi partido, con 140.000 electores. Y hay cuatro más en idénticas condiciones y posiblemente con parecidas dudas en momentos concretos. Tiene cierta lógica, pues, que nos intrigue averiguar su decisión.

En un plan más superficial, es comprensible. Hasta resulta divertido. Sobre todo cuando comentas con los más afines del Mixto las maniobras para que nadie pueda ver el botón que tocas, aunque a la mayoría nos tenga sin cuidado que se sepa. Como, por ejemplo, adivinar lo que hará Antunez, especialista en hacer lo contrario de lo anunciado. Con éste puedes jugarte un huevo y parte del otro a que si en el último momento recibe una propuesta directa o a través del móvil, que le induzca a volverse atrás en lo pactado, no va a dudar en hacerlo.

De todas formas, tampoco es algo que se pueda criticar en exceso. En Política, las circunstancias pueden cambiar en cuestión de horas. El Conde de Romanones, un maestro del Cinismo, dijo en cierta ocasión: «Caballeros: esto es definitivo... Naturalmente, al decir definitivo, me estoy refiriendo a las próximas 24 horas»
Menos mal que hay gente como la Vidal que cuando anticipa lo que va a votar, lo mantiene aunque arda Troya. No se casa con nadie. No siempre llego a acuerdos con ella, pero al menos cuando lo consigo, es de fiar.

¿Qué están haciendo esa pareja que está sentada dos filas más abajo? ¡Que hijos de puta: están jugando al «apalabrados»! Un día que se dignan aparecer por el Congreso y se ponen a jugar con la tableta... Y nosotros, que tenemos propuestas, iniciativa y ganas de trabajar para lo que hemos sido elegidos, nos pudrimos aquí, impotentes; mientras esos malnacidos cobran, ¡por jugar al «apalabrados»! 

¿Grupo Mixto? ¡Los Desubicados, eso es lo que somos! Amontonados en un rincón del hemiciclo, casi invisibles, sin que ninguna cámara nos enfoque y tan ignorados que si a alguno le da un infarto, se muere antes de que le atiendan. Y a veces ni agrupados, porque nos colocan en los huecos que hay y, cuanto más separados unos de otros, mejor.
¿He sido yo quien ha dicho que «si no conseguimos formar grupo parlamentario propio en la próxima legislatura, me daba de baja del Partido»? 

Divina inocencia. Si con los que somos podríamos hacer el próximo Congreso Extraordinario en el comedor de casa, ¿cómo vamos a llegar a los cinco diputados imprescindibles? Bueno, eso de imprescindibles... Si se está en la onda del partido del Gobierno siempre se encuentra el resquicio ilegal preciso para que se pueda formar grupo propio. Así el portavoz pueda colaborar en la tarea de dar coba al Gobierno y caña a la Oposicion. Y además, se dispone de mucho más tiempo del que correspondería si se estuviera en el Grupo Mixto.

El nuestro es un caso típico de partido castigado por la Ley D`Hondt. Con otro sistema podríamoa haber llegado a cuatro o cinco diputados y tendríamos nuestro propio grupo parlamentario. Pero, en fín, lo cierto es que soy un pobre diputado rodeado de algunos lobos y de un montón de borregos. Bueno: pobre, pero honrado. Como las huerfanitas de las novelas por entregas que leía mi abuelita. 

¿Me rescatará de mi humilde condición alguna eminencia gris de un partido importante? ¿Alguien que considere que soy la persona adecuada para sacarlos de la mediocridad?
Creo que empiezo a desvariar. ¡Madre de Dios, lo que hace el aburrimiento!
¡Odio a los que convierten este lugar en un sitio inmundo!

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