sábado, 6 de abril de 2013


CUARTA ENTREGA DE LAS NARRACIONES DEL SEMINARIO DE ESCRITURA

En este caso no se trataba de continuar un texto previo de Manuel Avilés 
sino de escribir dos cartas de amor, una heterosexual y otra homosexual. 
Como suele ser norma de mi casa (literaria), hice una interpretación libre del tema. 
Por cierto, todo parecido con personajes reales es mera coincidencia.
Bueno, casi...

CARTA DE AMOR HETERO...

Querida Melibea:

Desde la primera vez que te vi jugar un doble-mixto supe que eras la compañera de juego ideal. Teniendo en cuenta que eras muy segura y no te encogías por la presión de los contrario me resultó incomprensible la cantidad de bolas que te robaba tu pareja. En ese partido era tu marido. Sólo una mujer dotada de las más excelsas cualidades deportivas y humanas -o la Madre Teresa de Calcuta, en su defecto-, podía aguantar a semejante imbécil, partido tras partido, sin partirle la raqueta en la cabeza. El día que decidiste divorciarte de él, te felicité mentalmente y aunque algo tarde, consideré que habías hecho lo correcto. Como puedes imaginar, también me felicité a mi mismo porque me daba la oportunidad de declararte mi amor. Ha sido una larga espera, mantenida en silencio, aunque mucho me temo que era un secreto a voces. 

Hacía tiempo que te notaba en la mirada, en algún gesto aislado y rápidamente controlado y en tu actitud en la pista que estabas llegando al límite. Incluso había llegado a comentarlo con algunos conocidos, alguno de los cuales también se muere por tus huesos, de ahí mi rapidez en declararte mi amor. Con tantos buitres al acecho era preciso ser diligente y no dejar para más tarde la petición de mano, aunque te pueda suponer una cierta presión añadida. No sientas remordimientos por la decisión tomada: has hecho lo correcto. Te encaminabas, lenta pero inexorablemente, a elaborar la última gota destinada a colmar el vaso de tu paciencia. 

Afortunadamente, el momento ha llegado y tu calvario -y el mío- ha terminado. Ahora, liberada por fin del yugo que te oprimía, estás en condiciones de dar de sí todo cuanto atesoras en tu interior: visión de la jugada, variedad de juego, capacidad de improvisación para adaptarte a las diversas circunstancias del partido y, sobre todo, dar cauce a tus enormes condiciones para jugar en la red, tanto tiempo reprimidas por ese mal nacido. Voleas bien, tienes reflejos, serenidad y sabes escoger el momento adecuado para cruzarte, condiciones básicas para ese tipo de juego. Ya no tendrás que pudrirte por decreto en el fondo de la pista, corriendo como una posesa de lado a lado de la pista sin que tu compañero haga nada para evitar que te machaquen.

Conmigo, amor mío, ganes o pierdas, podrás sentirte satisfecha con tu juego y de tu pareja. Te consta: las pocas veces que hemos tenido ocasión de jugar juntos nos hemos compenetrado e independientemente del resultado, nos hemos divertido. 

Te quiero, Melibea. Nada me puede hacer más felíz que compartir mi vida tenística contigo en el triunfo y en la derrota. En las alegrías y en las tristezas. En la red, avasallando a los contrarios o en el fondo, pasando bolas como «paparras» mientras esperamos la oportunidad de atacar. Reconociendo los méritos de los contrarios, sin buscar excusas peregrinas para justificar las derrotas o ganando con naturalidad, sin hacer de la victoria la noticia del año. 

Díme que me amas, Melibea y deseas unir tu destino al mío, hasta que los achaques o las lesiones nos impidan seguir jugando. Nada me puede hacer más felíz. ¿Sabes?, algunas noches sueño despierto viendo escrito en el cuadro de partidos el cruce Federer-Sharapova versus Calisto y Melibea. Siempre ganamos y, en los discursos que siguen a las entregas de premios, emocionamos a todo el personal con nuestro verbo florido. ¡Hasta la Duquesa de Kent llora cuando nos entrega el trofeo!

Te quiere, Calisto.



Y ésta es la segunda (espíritus sensibles, abstenerse)

CARTA DE AMOR HOMO... 

Querido Roberto:

Sabes, porque hace años que nos conocemos, que siempre te he deseado y me consta que tú compartes ese sentimiento. Nada nos hubiera hecho más felices que salir del armario y formar una pareja estable con todas las consecuencias. Las circunstancias nos han impedido manifestar públicamente nuestro amor e, incluso entre nosotros, el pudor nos ha impedido hacerlo explicito. Hoy, por fín, los obstáculos que lo impedían han desaparecido, podemos hacerlo y unir nuestras vidas.

Para que fuese posible ha tenido que morirse Pedro, tu compañero de dobles, de un infarto fulminante. Es algo que le puede pasar a cualquier deportista aficionado, aunque fuera propiciado por el cabreo monumental que pilló en su último partido. Total porque fallaste una bola fácil que decidía el match a vuestro favor, después de que corriera como un poseso, con la lengua fuera y resoplando como un búfalo en estampida, defendiendo el punto. Realmente, fallaste una bola que era para matarte. Sin embargo, ¡mira por dónde!, el que se murió fue él. ¡Qué fuerte!...

Lo mio ha sido más fácil porque tanto Luis como yo hacía tiempo que no nos soportábamos. Te consta porque lo habíamos comentado más de una vez. Al no encontrar el sustituto adecuado, seguíamos, aunque la relación dentro de la pista no era buena. La decisión se tomó después del último partido que jugamos. Te lo cuento porque no tuviste ocasión de verlo. Jugamos contra Lopez y Serrat. En principio eran superiores por su compenetración y bajo porcentaje de errores no forzados. Sin embargo, nosotros teníamos el día, sobre todo Luis. Sacaba fuerte y colocado, acertado en la volea y el smash y aguantaba la bola con paciencia desde el fondo. Yo me cruzaba en el momento adecuado en la red y estando atrás, globos a punta pala, para que él pudiera decidir. Todo iba sobre ruedas hasta que con 5-2 y sacando Luis para decidir el set, escuché por primera vez en el partido el fatídico sonido de su saque cortado y con efecto: doble falta. Me fui a la derecha con el corazón encogido por un mal presentimiento. Nuevo saque cortado. Entró pero quedó corto y permitió que Serrat, relamiéndose de gusto, ya lo conoces, restase sobre mí y no me agujerease de milagro. Perdimos el juego, le armé una bronca monumental por cambiar de táctica sin necesidad y, a partir de ahí, una serie de despropósitos. Consecuencia: divorcio fulminante de común acuerdo. 

Como no hay mal que por bien no venga, ahora los dos somos libres y podemos casarnos. Sí, casarnos. En Tenis, una pareja de dobles es un matrimonio en toda regla. Quizás hubiera sido mejor hablarlo pero ya sabes que por carta me expreso mucho mejor. Hemos jugado juntos en bastantes ocasiones y en ningún caso acabamos disgustados. Somos aficionados, conscientes de que los problemas están en el trabajo o en otros ámbitos y que jugamos para mantenernos en forma y divertirnos. Nos tomamos muy en serio el deporte, intentando hacerlo lo mejor posible, pero la búsqueda del triunfo no justifica los medios ni que se pierdan los papeles cuando las cosas se tuercen. 

Te lloverán las ofertas porque eres el tipo de jugador que no baja de nivel, cualquiera que sea el adversario e incluso, se crece si se le supone inferior. Has ganado partidos en los que no partías como favorito y he disfrutado viéndolos. Yo sabía que era un error darte por derrotado de antemano.

Te aseguro que te seré fiel hasta que los achaques nos retiren de las pistas y podré poner punto final a mi larga lista de divorcios porque, por fín, estaré con quien deseo. 

Te quiere, Calisto

No hay comentarios:

Publicar un comentario