domingo, 21 de diciembre de 2014

EL APEADERO

PRIMERA PARTE

EN LA ESTACIÓN DE SANTS


H
abía paseado por el enorme vestíbulo de la estación de Sants, mirado los escaparates de las tiendas, curioseado por el interior de algunas y tomado un cacaolat. Formas de matar el tiempo para paliar el inconveniente de haber llegado demasiado pronto a la estación. Me senté a leer un periódico, cuya lectura abandoné a los pocos minutos; así que dejé que la vista correteara de un lado a otro. Ya leería cuando estuviera acomodado en mi asiento y faltara poco para que el tren emprendiera la marcha. Lectura de duración efímera, porque era de prever que en cuanto la locomotora saliese al exterior y enfilara campo abierto, el paisaje se convertiría en lo principal y sería una cuestión de segundos que algo atrajera la atención de la parte inconsciente de mi mente y ésta emprendiera su propio viaje. Un viaje de recorrido imposible de anticipar, aunque no de  adivinar, porque era bastante probable que estuviera centrado en aspectos de mi vida anterior, con preferencia a las circunstancias del viaje o al más inmediato futuro.
En el transcurso de ambos viajes, el imaginario tendría paradas en estaciones intermedias, aparecidas de repente y de forma aleatoria, para que subieran nuevos recuerdos, que complementarían el principal -o me apartarían de él- y que, al igual que si se tratase de un transbordo, me pondrían en una nueva ruta. En cualquier caso, entre unas cosas y otras, el viaje real  se "acortaría” de tal forma que las casi cinco horas previstas parecerían dos o tres. No sería, por otra parte, nada que no fuera común a muchas de las personas que viajaban. Cuando me levantaba para ir al vagón-cafetería o al aseo y avanzaba por el pasillo, comprobaba que era así. Leían, hablaban por el teléfono móvil o con algún acompañante, estaban enfrascadas en el ordenador portátil o veían la televisión y, aunque era menos frecuente, las había que permanecían con los ojos cerrados, quizá durmiendo o quién sabe si soñando despiertas. Unas pocas, como yo, contemplaban el paisaje aunque con la mente saltando de recuerdo en recuerdo, embarcadas en su propio doble viaje.
Fue entonces, mientras esperaba bajar al andén, cuando mis ojos captaron la imagen de un limpiabotas. La parte inconsciente lo asoció con los “limpias” del Apeadero del Paseo de Gracia, un recuerdo almacenado en mi memoria y que la parte consciente tomó a su cargo.
Allí empezó la primera de las etapas de un viaje imaginario que terminaría cuando por los altavoces del Euromed se anunciara la próxima llegada del tren a su destino.

EL APEADERO DEL PASEO DE GRACIA 

Ver un limpiabotas no era un hecho insólito pero sí convertido en infrecuente por el paso del tiempo y los cambios en la Sociedad, que había desterrado antiguos oficios o los habían convertido, al menos, en vestigios del pasado. El hombre, ya mayor, estaba sentado en una banqueta baja, casi sin patas, con las piernas estiradas, limpiando los zapatos de otro de mediana edad, sentado en uno de los bancos de la estación. De pequeño, recordaba haberlos visto innumerables veces. Escogían para su trabajo lugares muy concurridos, como cafeterías, plazas de toros en día de corrida, campos de fútbol en día de partido o estaciones de tren, como el Apeadero.
El edificio principal del Apeadero se encontraba en el camino entre mi casa y el Instituto Jaime Balmes, en el que hice el Bachillerato, durante buena parte de los años 50s del siglo XX. Con su construcción se pretendió dotar a la ciudad de una estación céntrica y de aspecto monumental, apropiado para recibir a grandes personalidades. Obra del arquitecto Salvador Soteras y del ingeniero Rafael Coderch, formó parte de un amplio plan de desarrollo de las infraestructuras ferroviarias de Barcelona, diseñado por el ingeniero Maristany y al que dio el visto bueno otro ingeniero, José de Echegaray, político, matemático, escritor y miembro de diversos gabinetes ministeriales entre 1869 y 1873. Echegaray, por cierto, no pasaría a la posteridad por ninguna de estas actividades sino como ganador del Premio Nobel de Literatura en 1904.
Fue inaugurado en Septiembre de 1902. Estaba situado en la calle Aragón, entre el Paseo de Gracia y la Vía Layetana, aunque había otro edificio similar entre ésta última y la siguiente, Lauria. El edificio, de difícil catalogación, no estuvo exento de polémica. Un historiador, Isidoro Torres, lo calificó de “chalet suizo”, y el escritor Josep Pla, de “Partenón de la arquitectura mingitoriana”. Los trenes, que todavía no eran eléctricos, circulaban entonces al aire libre por la larga y profunda zanja abierta a lo largo de la calle Aragón, entre las calzadas laterales, reservadas a peatones y vehículos, y las fachadas de los edificios que la flanqueaban, ennegrecidas por el humo desprendido por las locomotoras. La zanja se cubrió a finales de década de los 50s; lo cual llevó aparejada la demolición del Apeadero. En esa época yo había terminado Preuniversitario y empezaba ingeniería industrial en la ETSIIB, que ocupaba el Edificio del Reloj, dentro del recinto de la Escuela Industrial. 

SEGUNDA PARTE
RECUERDOS DE UNA TERTULIA 

El tren ya había iniciado su trayecto y yo, mi viaje real. El imaginario se reanudó en cuanto el tren pasó por las instalaciones del Club Tennis L'Hospitalet, en el que tantísimas horas había pasado y en las que todavía me quedaban algunas por pasar. Los recuerdos, recuperados a través del limpiabotas de la Estación de Sants, fueron afluyendo y aunque surgieron diversas oportunidades de apartarme de ellos, la parte consciente de mi mente no lo permitió.
Un sábado por la tarde, mi padre me llevó a la tertulia que tenía con unos amigos en el Café Navarra, situado en la esquina de Paseo de Gracia con la calle Caspe. El Navarra estaba flanqueado por el edificio de Radio Barcelona y la bombonería de Pedro Basauri, “Pedrucho”, un torero retirado, buen amigo de mi padre. Al otro lado de Caspe, estaba una de las tiendas de Gonzalo Comella, en el chaflán y al lado, ya en Caspe, el Cine Novedades.
Al salir, camino de casa, y pasar junto al Novedades, mi padre me volvió a contar como él, mi madre y mi hermano, de apenas dos años, se habían salvado por cuestión de segundos de morir en el bombardeo del entonces Teatro. Fue por puro azar: estaban en el vestíbulo y en un descuido mi hermano se escabulló. Tuvieron que salir corriendo detrás de él y, cuando estaban en la calle, sonó la alarma aérea. En principio pensaron en volver a entrar, pero mi madre prefirió volver a casa porque no se fiaba de la precisión de los avisos -por experiencias anteriores sabía que no eran muy fiables-, y pensó que les daría tiempo de llegar. Sin embargo no les quedó más remedio que refugiarse en el metro de Plaza de Cataluña porque ya se oían explosiones cercanas al lugar en el que estaban. Al terminar el bombardeo, salieron y lograron llegar sin problemas a su casa, entonces en la calle Peu de la Creu, cerca de Hierros Mateu. Más tarde se enteraron de la destrucción del teatro. No sería la única vez que salvarían la vida por puro azar. Días más tarde mi padre escaparía de una muerte segura del bombardeo que destruyó varios edificios de la confluencia Balmes-GranVía y, unos meses antes, mi madre, en un brutal registro en el edificio en donde vivían, por parte de unos jovenzuelos armados hasta los dientes que se introdujeron en el piso, registrando las habitaciones a la búsqueda de un pobre hombre.
Eran historias que nunca me cansé de escuchar. Hecho reales, vividos por ellos, envueltos en una guerra atroz, en la que trataban de vivir, como tantas otras personas, dentro de la normalidad posible, pero con la vida pendiendo de un hilo. Historias, algunas de las cuales parecían sacadas de una novela o de una película y que, años más tarde, leídas miles de novelas y vistas cientos de películas, tendría ocasión de comprobar que superaban con mucho a cualquier obra de ficción.
Paseo arriba, pasamos por delante del Apeadero. Aproveché entonces la ocasión para reivindicarme de algo sucedido hacía tan sólo unos minutos: 
El Sr.Borrego, un conocido suyo, funcionario de Correos y habitual en la tertulia, me había dejado en mal lugar al preguntarme cuál era la extensión del Océano Pacífico. No lo sabía y, al admitir mi ignorancia, el tertuliano se hizo cruces de que un estudiante de Bachillerato ignorara semejante dato, mirando en derredor al tiempo que lo decía, como buscando la aprobación de los demás, mientras mi padre se quedaba algo avergonzado. Me defendí de la acusación de ignorante, atacando:
“Esa es una pregunta para un concursante de la Radio, no para un estudiante de Bachillerato”.
Al resto de los amigos –y a mi padre, aliviado por las risas de ellos- les hizo gracia la respuesta y el “incidente” se saldó con un cruce de miradas de odio entre el Sr.Borrego y yo, en el que nos electrocutamos mutuamente.

– Aquí, en Junio de 1909 -dije, tratando de hacer ver a mi padre que “lo del Océano Pacífico” era un simple lapsus- recibieron los aficionados al equipo de futbol del Barcelona, cuando regresó de Madrid con la Copa de Campeón de España.
– ¿Cómo lo sabes? –mi padre se quedó perplejo, no porque lo supiera, que veía lógico porque yo era barcelonista, pero sí por la precisión del dato.
– Me lo contó el Sr. Emilio, uno de los días que me llevó al futbol.
– ¡Ah!, claro… Su padre era socio y él también. A Emilio le gusta el futbol casi tanto como los toros.

Mi padre era un gran aficionado a los toros pero no sentía el más mínimo interés por el futbol. Entre las fotos antiguas de la familia, que guardaba mi madre en una caja de galletas, aparecía en varias de ellas con diversos toreros, con alguno de los cuales mantenía diferentes grados de amistad, como “Pedrucho”, Chicuelo II, Jumillano y Joaquín Bernadó, uno de los escasos toreros catalanes de la historia de la Tauromaquia. Recordé, sobre todo, una foto de mi hermano con la montera de Juan Belmonte (hijo) puesta en la cabeza. La hizo uno de los fotógrafos que cubrían la noticia en el Patio de Caballos de la Plaza de Toros Monumental de Barcelona, entre las sonrisas del amplio grupo de personas que rodeaba al diestro. Los toreros de mayor prestigio, cuando tenían corrida en Barcelona y llegaban en tren, bajaban en el Apeadero, muy cercano a diversos hoteles de lujo, como el Majestic, que estaba en el mismo Paseo, esquina con Valencia, a menos de cien metros.
Mi padre no estaba seguro de las fechas, pero le pareció recordar que los Reyes, Alfonso XIII y María Cristina, bajaron allí en alguna ocasión. También me contó que en marzo de 1930 –de esa fecha estaba seguro porque cumplió 30 años ese mismo mes-, un gentío acudió a recibir a un grupo de intelectuales procedentes de Madrid, que acudía como muestra de solidaridad con sus colegas de Lengua Catalana. Entre ellos se encontraban Ramón Menéndez Pidal, Gregorio Marañón, Rafael Pérez de Ayala, Claudio Sánchez Albornoz, Pedro Salinas y José Ortega y Gasset. Eran los tiempos de la “Dictablanda”, preámbulo de la caída de la Monarquía. También mencionó el recibimiento a las estrellas de Hollywood, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, en 1924, que colapsó el tráfico de toda la zona, motivado por la enorme multitud que se congregó para verles y agravado por el hecho de que todavía convivían coches de caballos con los de motor y los tranvías.
A ciertas horas era normal que trabajaran varios limpiabotas. Los clientes se apoyaban en la fachada del edificio, tanto la que daba a la acera lado mar de la calle Aragón, enfrente del bar-restaurante Terminus, como a la del lado montaña y la frontal. En ocasiones, le limpiaban el calzado a alguna mujer, aunque no era lo más frecuente. 
A veces, como quizá le debió ocurrir al propio Pla, utilicé los mingitorios para aliviarme, ya que la cola en los paupérrimos servicios del Instituto Balmes era kilométrica y prefería marcharme. No obstante, si podía evitarlo, me aguantaba hasta llegar a casa porque me daban aprensión.
Pasé innumerables veces por delante, antes de que lo derribaran en aras del progreso urbanístico. En bastantes ocasiones estuve en su interior, no porqué tuviera que coger ningún tren, sino porque me gustaba sentarme en algunos de los bancos para curiosear. Me divertían las idas y venidas de las personas por el vestíbulo, tan distintas unas de otras; las esperas, las colas en las ventanillas o los rifirrafes entre los mozos encargados de llevar las maletas, disputándose los clientes. El tipo de maletas y bultos indicaban con claridad si los pasajeros viajaban en primera, segunda o tercera clase. Algunas despedidas me resultaban incomprensibles, fuera por su desmesura emotiva o el despego evidente de viajero o acompañante. El caso más curioso fue el de una desconsolada mujer que despedía a su marido con lágrimas en los ojos, bajó con él al andén y, ya de regreso al vestíbulo, se paró justo delante mío para pintarse los labios y arreglarse el peinado. Me dejó perplejo por la inmensa expresión de felicidad que reflejaba su rostro, en las antípodas de la que exhibía hacía tan sólo unos instantes. 
En los momentos de tranquilidad, sin llegada de trenes -con la consiguiente aglomeración de pasajeros subiendo al vestíbulo desde el andén- era un buen lugar para leer; bien fuera un tebeo o un cuadernillo biográfico de alguno de mis ídolos, cineastas o deportistas, como Ladislao Kubala, el jugador del Barcelona, que fue la causa principal de que me hiciera barcelonista. En el Apeadero, en esa época, ya no se producían recibimientos multitudinarios al equipo, como el de 1909. Signo de los tiempos: ya no viajaban en tren sino en avión.
El Sr.Borrego, el empleado de Correos conocido de mi padre se reincorporó al viaje:
¿Por qué aquél “mala sombra” había intentado dejarme en mal lugar? En la búsqueda de los motivos, fui atando cabos, recordando frases sueltas oídas anteriormente en otras tertulias, miradas o gestos, para, con todos los datos a mi alcance, más lo que imaginaba que podía haber pasado cuando no estaba presente, hacer un análisis fiable. Mi padre era el mejor propagandista de mis méritos como estudiante aunque no sacaba el tema a la menor ocasión que se presentara. A veces, lo hacía estando presente, lo cual me hacía sentirse incómodo o incluso avergonzado. Ahora, pasados los años, me alegro de haber sido capaz de darle esa satisfacción y si algo lamento es haber aflojado en mi rendimiento como estudiante, aunque hubiera motivos para que se produjera.
Por las miradas y los gestos del Sr.Borrego –al analizar las causas de la animadversión- resultaba evidente que le molestaban. Quizá, con razón, porque la pesadez de algunos padres ensalzando las virtudes de sus hijos, tanto las reales como las que son fruto de la imaginación, podía resultar cargante. No es que mi padre fuera de ese tipo y aprovechara la menor ocasión para sacar el tema, pero podía resultar molesto para una persona que tuviera hijos poco estudiosos, no los tuviera a pesar de haberlos deseado o que de joven no hubiese tenido a su alcance la opción de estudiar. Cualquiera de estas circunstancias podía provocar un cierto resentimiento, aunque siempre pensé que era un caso claro de envidia y mala fe.

Fin de la primera entrega, que continuará así:

"Un nuevo recuerdo se incorporó al viaje, sin cambiar el recorrido, dado que formaba parte del mismo trayecto: el que se centraba en el descubrimiento de algunas facetas de mi carácter y la confirmación de otras. Fue un hecho decisivo para eliminar ciertas dudas y asumir que, para bien o para mal, en lo esencial, el paso del tiempo no iba cambiar mi manera de ser."

En la segunda entrega, se explica como el Apeadero, en determinados momentos se convirtió en mi particular muro de las Lamentaciones. 
En ella, mi hermana, tres años y medio mayor que yo, aparecerá como mi Ángel de la Guardia.
  


  

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