viernes, 26 de diciembre de 2014

FINAL DE "EL APEADERO ", con 3 Notas finales

EL APEADERO
(SEGUNDA PARTE)

SUPER HERMANA EN EL INSTITUTO BALMES

D
urante las primeras semanas en el Instituto Balmes mi madre temía que pudiera perderme y me acompañaba. A la salida, ella misma o mi hermana, tres años y medio mayor, me iba a buscar. Un día, pasados ya tres o cuatro meses, pasó algo que reflejaba con cierta exactitud algunos aspectos de mi manera de ser, así como la apreciación de ellos por parte de otras personas. Una actitud que en el futuro me traería más disgustos que satisfacciones.

Hacía Ingreso y Primero de Bachillerato como oyente porque no tenía la edad requerida para ser inscrito como alumno oficial y en el Colegio San Miguel, en el que había cursado toda la Enseñanza Primaria, no estaba permitido hacer simultáneamente los dos cursos. Mi padre porfió para que hicieran una excepción conmigo, agarrándose a mi historial, pero la dirección del Colegio no cedió, creo que con buen criterio porque no había ninguna necesidad de forzar las cosas, sobre todo teniendo en cuenta que ya iba un curso adelantado. Una segunda causa para el cambio, que quizá fuera la fundamental, aunque mis padres jamás la reconocieron fue la notable caída de la economía familiar, que obligó a sacar a mi hermana del Colegio de la Presentación (1), a mi hermano del propio San Miguel y, por último, a mí, con una notable reducción de gastos diversos.Una tercera -que cualquiera que sea el plazo que se ponga, corto, medio o largo-, resultaría ser la fundamental para que el cambio fuera traumático; fue excluida sin contemplaciones del viaje imaginario porque mi mente no estaba por la labor de amargarme el trayecto. Buena chica...

El recuerdo de la parte no censurada se fue haciendo tan vivo que el viaje imaginario desplazó totalmente al real, de tal forma que hubo intervalos en los que ni me di cuenta de por dónde iba el tren. Mis ojos no se desentendieron del paisaje, que entraba por los ojos y me resultaba placentero en ocasiones, pero no interfería en mis pensamientos, salvo cuando se atravesaba una zona de bosque calcinado por un incendio o zonas particularmente degradadas.

Pasar del San Miguel al Balmes fue demoledor. Durante los primeros meses y hasta que asumí que la situación era irreversible, supuso un verdadero calvario. Fue como pasar de ser una de las estrellas de una superproducción de Hollywood a convertirme en uno de los extras –con derecho a frase, eso sí- de una coproducción hispano-italiana de serie B hecha en Esplugas City. Y sin previo aviso, ni lavado de cerebro paterno para prevenir males mayores…
Durante el viaje imaginario la memoria, caritativa, y mi lado consciente de la mente, selectivo, me hicieron dejar de lado el motivo principal de que el cambio fuera tan duro. En otro viaje, quizá volviera a parecer y no fuese descartado…

En el transcurso de una clase, el profesor, el Sr. Martín Panadero, recibió un aviso del bedel conforme a que tenía una llamada telefónica de su esposa.
Una parada imprevista provocada por uno de los auxiliares de viaje, que pasó repartiendo auriculares para los viajeros que habían subido en la última estación, me hizo detenerme y al partir de nuevo me desvié un  momento por un vía secundaria:
Su esposa le iba a buscar cada día al término de sus clases. Formaban una pareja de ancianos verdaderamente encantadora y, cuando los horarios de salida de él y mío coincidían, les seguía con la mirada mientras se alejaban, si todavía esperaba a que me vinieran a buscar.
El caso es que abandonó el aula durante unos minutos, aprovechado por los alumnos para una de las habituales batallas de bolas de papel, trozos de pan o cualquier objeto que se pudiera utilizar como arma arrojadiza. Al regresar, uno de los proyectiles impactó sobre él. No era época propicia para restar importancia a algo así, de forma que el profesor buscó al culpable. Yo sabía quién era porque lo había visto, pero el Sr. Martín se equivocó al señalar al presunto culpable. El acusado intentó defenderse pero el profesor le agarró por el brazo para llevarlo a Dirección. Nadie abrió la boca, a pesar de que otros sabían quién era el responsable. Viendo que era inevitable que se llevara a un inocente, fui incapaz de callar y consentir semejante injusticia. Me metí donde no me llamaban:
-No ha sido él –exclamé-, dejando al profesor de una pieza. Pero como tenía buena opinión del alumno que había cogido vela en el entierro, me concedió crédito. A pesar de ser el más pequeño de los cuarenta y tantos de la clase y parecer un pigmeo al lado de los más altos -algunos me llevaban dos o tres años,- era de los pocos que se mantenía al día en todas las asignaturas. Por otra parte, el San Miguel y el entorno familiar habían dejado su sello en  mis conocimientos y en mi manera de comportarme.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque yo estaba a su lado y no ha tirado nada. Ni a usted ni a nadie.
El Sr. Martín Panadero era un hombre muy mayor al que le faltaba poco para jubilarse. Me había tomado cierto afecto. Lo notaba por la forma en que me trataba cuando me sacaba al encerado, comparado con la mayoría de los alumnos. Tener buena opinión de mí, unido a la experiencia que dan los años y el trato con miles de alumnos, hizo que viera claro que su sospechoso era inocente, así que le soltó.
-¿Has visto quien ha sido?
No vacilé: un superior había hecho una pregunta y mi deber era contestarla. Asentí, supongo que confiando en que eso fuera suficiente. En otra ocasión anterior, muy  similar, en el San Miguel, lo había sido. 
-Bien… ¿Quién ha sido?
No me quedó más remedio que decirlo y, sin vacilar, señalé al culpable. Es bastante probable que un narrador hubiera podido decir aquello de que “el ambiente se podía cortar con un cuchillo”, aunque en aquél momento no fui consciente de ello..
Afortunadamente, el Sr. Martín se lo pensó mejor y decidió suavizar su amenaza, limitándose a hacerle una seria advertencia al culpable acerca de lo que podía suceder si se repetía el incidente. Aclaró, dirigiéndose a todos, que si el castigo no era más severo se debía a que alguien había sido capaz de salir en defensa de un inocente. Mirando a todo el mundo de forma inquisidora, añadió:

“He estado a punto de castigar a un inocente, mientras los demás os metíais la lengua en el culo y el verdadero culpable se iba de rositas. Espero que no vuelva a ocurrir algo parecido y que el ejemplo de vuestro compañero os sirva de lección.”

Recordaba la frase casi exacta porque jamás le había escuchado a ningún profesor –y creo que a nadie- lo de la lengua en el culo, aunque sí me era familiar lo de irse de rositas, pero a escala familiar (2).

El tren había salido ya de la estación de Tarragona y atravesaba el Ebro. El viaje imaginario hizo una breve parada para que la vista disfrutase del espectáculo durante unos segundos, como lo había hecho, después de salir de Castelldefels, cuando pasó las Costas del Garraf, uno de los pocos momentos del trayecto en los que el tren se ceñía a la costa.

Mientras esperaba que me vinieran a buscar, arrimado a la entrada, situada en el chaflán de Vía Layetana-Consejo de Ciento, notaba las miradas que me dirigían los componentes del grupito de compañeros que discutía a unos metros de mí. Entre ellos se encontraba el culpable, pero no el falso-culpable. Eran algo más que “inquietantes”; eran amenazadoras y lo que se debía discutir entre ellos estribaba en la magnitud del escarmiento: simple amenaza, unos guantazos o esperar la llegada de quien debía recogerme. Fue mi hermana la que vino. Rápidamente pusieron al corriente de lo que podía pasarme si volvía a hacer algo semejante. Ella comprendió lo que había sucedido y no se achicó.

-Así que estabais dispuestos a permitir que otro compañero pagara el pato, sin hacer nada para evitarlo. ¿Es eso lo correcto, que el culpable, que además es un cobarde, se libre y sea otro quien cargue con la culpa?
Uno del grupito, que hasta entonces no había abierto la boca, intervino:
-Eso de cobarde… Si no fueras una chica te lo hacía tragar.
Mi hermana no tuvo necesidad de que nadie le dijera quién era el que había intervenido.
-O sea que has sido tú. Te has callado mientras permitías que castigaran a un compañero por algo que habías hecho tú.
Había dado en el clavo y el chico se encogió al observar las miradas de sus compañeros. Crecida, se tiró a fondo:
-Encima, estás aquí intentando desviar la atención hacia mi hermano para que nadie repare en que has sido tú, con tu cobardía, el responsable de algo que tendría que haber salido de ti, si tuvieras valor: confesar la verdad, saliendo en defensa de un compañero que iba a ser castigado injustamente.
Como la estocada había sido certera y estaba ganándose a la mayoría de los componentes del grupito, fue a por la otra oreja:
-Y vosotros, ¿qué?: ¿discutiendo si os conformabais con amenazarlo o le pegabais? ¡Pues, menos mal que alguien ha tenido el buen sentido de esperar a que llegara yo y os hiciera ver claro que este cretino intentaba lavaros el cerebro!
Tiré del brazo de mi hermana para que frenara y se contentara con lo que había conseguido, pero ella se sabía ganadora y no estaba dispuesta a aflojar: quería el rabo también...
-¡Venga, a casa! ¡Y que no me entere yo que intentáis algo contra mi hermano! Especialmente, tú -miró al verdadero culpable- que has intentado manipular a los demás para cargar las culpas sobre otro y que no vieran que te has comportado de una manera indigna.
 Me cogió del brazo y dirigiéndose a mí, pero pensando en los otros, añadió:
-Estoy muy orgullosa de ti, de que no hayas permitido que culparan a un inocente aún a riesgo de que no te comprendieran.
Nos alejamos un par de pasos y entonces me hizo parar, se volvió hacia ellos y les dio la puntilla, aunque con suma habilidad para templar los ánimos:
-De todas formas –dijo, dirigiéndose al que había llevado la voz cantante en la explicación-, os agradezco que me hayáis esperado y dado la oportunidad de aclarar lo sucedido. Comprendo que, aunque equivocados, vuestra intención ha sido buena. Espero que ahora sepáis poner en su sitio al verdadero culpable.
Nos alejamos definitivamente. Mi hermana, en el camino a casa, me hizo ciertas consideraciones. Fue un lavado de cerebro-exprés, rápido y eficaz, y a partir de entonces fui con pies de plomo a la hora de abrir la boca en determinadas ocasiones. No obstante, quieras que no, la cabra tira al  monte…
- No lo digo por este caso: lo que has hecho ha estado bien, aunque te podría haber salido muy caro. Era una inmoralidad que pagara el pato un inocente. Pero no siempre es aconsejable meterse donde no te llaman, ni es obligatorio contestar a lo que te preguntan personas mayores. Eso te lo tienes que meter en la cabeza: una cosa es ser obediente y otra… y otra… -no encontraba la palabra adecuada y le sabía mal decir, "ser imbécil”, así que continuó-: No digo que mientas, pero si hablando pones a alguien en un compromiso, debes calibrar antes las consecuencias. En casa nos has hecho quedar mal en más de una ocasión.
Yo la miraba entre abrumado y confuso.
- ¿Comprendes lo que te digo? –insistió, consciente de que era un poco cabezón y algunas cosas había que repetírmelas siete veces para que me entraran.
No dije nada pero asentí. Aunque no terminaba de entender todo cuanto me había dicho sí veía claro que tenía más razón que un santo. Reflexionando sobre lo sucedido –en mi Muro de las Lamentaciones, el Apeadero-, creo que es posible que para quienes recibieron aquél día el rapapolvo y fueron testigos de la firmeza con la que habló, su actitud fuera una muestra de que, en la España de costumbres vueltas por Decreto al Pasado, había mujeres que no estaban dispuestas a callar ni acobardarse ante nadie (3).
Como a mi hermana se le había quedado algo en el tintero, todavía insistió, cuando ya estábamos cerca de casa:
-¿Se te han olvidado los sofocones que nos hemos llevado todos, especialmente mamá, por no callarte a tiempo?

REFLEXIONES EN EL APEADERO
Días después de aquello, recuperada la tranquilidad y sentado en uno de los bancos del Apeadero, seguí dándole vueltas a lo sucedido y a las consideraciones de mi hermana, en el camino a casa. Seguía sin comprender la pasividad de toda la clase viendo a un compañero ser acusado de algo que no había hecho. La actitud del culpable me resultaba repugnante y, a posteriori, tratando de desviar la responsabilidad sobre mí de una bajeza sin justificación posible. Era evidente que se trataba de una mala persona, cobarde, rastrera y sin escrúpulos.
Desde el punto de vista práctico, el que me afectaba directamente, llegué a la conclusión de que las aguas habían vuelto a su cauce en la clase y no debía temer represalias. Ningún compañero me hacía mala cara y ni siquiera hubo comentarios posteriores, aunque parecía evidente que el culpable había sido advertido, a tenor de lo amansado que se le veía, comparado con su comportamiento habitual. No volví a tener trato con él -a pesar que hizo algún intento de aproximación- porque a alguien que se comportaba así lo borraba ipso-facto, como si dejara de existir.
Lo que me pilló de sorpresa fue que el compañero acusado injustamente, me presentara a su padre y que el hombre, emocionado, me estrechara la mano derecha entre las suyas y me diera las gracias, ofreciéndose para lo que pudiera necesitar. Me sentí violento, pero íntimamente satisfecho y me faltó tiempo para contárselo a mi hermana. Ella era la única que lo supo porque a mis padres no les contamos nada.
Los cursos se fueron complicando paulatinamente; los profesores eran menos condescendientes con los errores, más exigentes con el cumplimiento del programa íntegro del curso y el tiempo para distraerse fuera de clase, muy escaso, de forma que mis descansos en el Apeadero se fueron haciendo menos frecuentes, hasta desaparecer. Cuando se produjo el derribo del edificio ya habían pasado dos años desde que terminé el Bachillerato y no pasaba de forma habitual por delante, pero lo lamenté profundamente.

FIN DE TRAYECTO
Nunca se me ocurrió pensar si el edificio era una maravilla, vulgar, incongruente o un bodrio. Estaba allí, formaba parte del paisaje, era un lugar de acogida y distracción para mí y, cuando desapareció, no fui consciente de lo que había representado en determinados momentos. Lo fue después, muchos años después, pasadas innumerables estaciones de mi viaje personal. Avivados los recuerdos por lo que veía y leía en páginas web dedicadas a Barcelona. Una en especial, “Amics de Barcelofilia”, fue la causante de que algunos de los viajes imaginarios se fueran convirtiendo en páginas escritas sobre el papel o en una pantalla.
El último recorrido del viaje real, con el tren atravesando un paisaje menos atrayente y salpicado de túneles, favorecía la aparición de nuevos trayectos imaginarios, pero los descarté. Era el  momento de pensar en el inmediato futuro.
En aquél viaje, la parte consciente de la mente programó todos los recorridos con un tema único. En futuros viajes, mi selectiva memoria y mi caritativa mente consciente, sabrían qué recuerdos debía rescatar y cuales ignorar, como en cierta medida había ocurrido en el recién terminado; en el que quizás, pero sólo, quizás, la imaginación había puesto su granito de arena para que el equipaje de recuerdos llegara en perfectas condiciones.
¿Quién puede asegurar, cuando narra algo que sucedió hace muchos años, que los hechos fueron exactamente como se cuentan, pasaron en donde se dice y en la fecha que se supone?
Bien; es imposible asegurar la exactitud, las licencias, sino poéticas, sí literarias, tienen patente de corso, pero, al menos, si se puede garantizar la verosimilitud.

NOTAS:
(1). El Colegio de la Presentación estaba situado en la calle Rosellón, lado mar, entre Paseo de Gracia y Vía Layetana, mientras que el San Miguel ocupaba gran parte de la manzana comprendida entre Aribau y Muntaner y entre Rosellón y Córcega.
(2). Cuatro cursos después escuché a otro profesor –Guillermo Diaz-Plaja, ilustre catedrático y escritor-, en donde se puede meter uno la lengua en ciertos casos, pero con la diferencia de que en esa ocasión yo estaba entre los 86 damnificados. Pero ese recuerdo formaría parte de otro viaje porque por sí sólo merecía un trayecto independiente.
(3). De los tres hermanos, Rosario era, con mucho, la más decidida y de ideas más claras y en muchos aspectos parecía la mayor. Juan, nació nada menos que el 18 de Julio de 1936, a escasa distancia de los sangrientos enfrentamientos de la Plaza de Cataluña. Rosario, el 28 de Octubre de 1938, a tres meses escasos de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona.


3 comentarios:

  1. M'ha agradat molt el teu relat Eugenio, una magnífica descripció dels fets que m'ha traslladat a un altre temps i a alguns llocs comuns. Vaig cursar tot el Batxillerat al Sant Miquel i al Balmes hi vaig passar allò que en deien "la reválida". Ah!, i una gran germana la teva.

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  3. Magnífico.He disfrutado nuevamente con tu relato y sin duda alguna, me provocas en viajes imaginarios que enlazarían perfectamente con situaciones explicadas por ti y que me has hecho recordar. Gracias

    ResponderEliminar