jueves, 15 de diciembre de 2016

UNA PLANTA VIAJERA

CON CINCO DOMICILIOS ENTRE BARCELONA Y ALICANTE

Cuando me fui a vivir a Alicante en el año 2002 muchas de las plantas que tenía en el patio de mi estudio de la calle Provenza 89, justo al lado de la desaparecida Editorial Sopena,  se trasladaron con Águeda y conmigo.

A finales de los 1980s mi hermana Rosario le compró un ficus a mi madre en Marta, una tienda de flores y plantas de la calle Muntaner, ubicada en uno de los bajos del edificio del Colegio San Miguel.

Así, su primer domicilio estuvo en el nº 133 de la calle Aribau, en la misma manzana de casas que la floristería. Era entonces una planta joven, de una altura de medio metro escaso. Allí permanecería hasta dos años después del fallecimiento de mi madre, ocurrido en 1998; momento en que, junto con el resto de plantas que todavía estaban allí, las llevé a mi estudio. A pesar de los años transcurridos había crecido muy poco.

En su segundo domicilio, mi estudio, crecería algo más, pero tampoco demasiado, de forma que llevarla a Alicante no supuso ningún problema. Supongo que el cambio de hábitat requería tiempo para adaptarse a las nuevas condiciones, en las que sólo tenía sol un par de horas al día en los meses de verano. Muchas de las plantas que aparecen en la foto inferior las compré en una floristería de la Calle Casanovas, enfrente del Mercat del Ninot, de una de las cuales, un jazmín amarillo, he colocado diversas fotos en mi página de facebook: su historia es similar a la del ficus. 

El ficus está en el extremo superior derecha, junto a la tapia que daba 
a la desaparecida Editorial Sopena. En la foto, por encima de Águeda, 
se aprecian dos cazuelas de barro que rellenó con pequeños cactus y 
que regalamos a unos amigos cuando nos fuimos a Alicante
En este recorte se puede apreciar como estaba el ficus en el 2001.

La tercera vivienda estaba situada en el barrio de El Pla, cerca de las primeras instalaciones del Club Montemar. En el quinto piso de una casa de siete plantas, con un largo balcón descubierto en forma de L, que daba a dos calles. Allí estuvo con nosotros dos años y medio, en la parte del balcón más protegida del viento, creciendo algo más, pero también con muy poco sol. 

La cuarta vivienda fue un bungalow (casa adosada de dos plantas) en la urbanización Bahamas-4, situada en el término municipal de San Juan, equidistante un kilómetro del pueblo y de la playa. Allí creció, en el pequeño patio junto a la entrada, con más sol, hasta alcanzar algo más del metro de altura, con varias ramas. Estuvimos un par de años más, hasta que nos trasladamos, en Enero del 2007, a nuestra actual residencia, una casita baja de dos plantas en San Juan Pueblo.

El nº 4 de la urbanización Bahamas-4, que, entre las dos filas de casas 
adosadas de forma escalonada, había una amplia zona ajardinada, con árboles. 
En la columna blanca del pórtico está el ficus, plantado en la maceta  en el suelo. 
En la escalera mis dos hijas adoptivas, Nala, chihuahua y Laika, caniche

Debo puntualizar, ante de proseguir con su historia, que no es que Águeda y yo seamos de esas personas que aguantan poco tiempo en los sitios; todo lo contrario, nos gusta permanecer en ellos si nos sentimos bien; pero tuvimos la desgracia de tener en Alicante y en Bahamas-4 unos vecinos imposibles de aguantar. Y lo de “imposibles” se puede tomar al pie de la letra porque ni las visitas policiales servían de escarmiento.

En la quinta residencia, el ficus, como nosotros, se sintió a gusto, aclimatado y dispuesto a crecer lo que diera de sí el macetón al que lo trasplantamos. Crecía bien, de forma armónica y las ramas que iban surgiendo del tronco principal —todavía a metro y medio del tejado, formado por una lona de malla muy cerrada—, ya bastante desarrolladas, crecían lentamente pero de manera significativa.

Lenta, pero inexorablemente la rama madre se acercaba al techo, mientras otra parecía querer entrar 
en el lavadero-trastero. Hicimos un reajuste para impedirlo pero a costa de que en pocos 
meses la madre estuviera más cerca de chocar. Quizá debimos facilitarle la salida... 
Sin embargo, hace unos cuatro años, a partir del regreso de nuestra habitual huida del pueblo a mediados de Septiembre —coincidiendo con las tradicionales Fiestas del Santo Cristo de la Paz—, el crecimiento se torció, aunque en ese momento no lo advirtiéramos. Habíamos dejado encargada de la limpieza de la casa y del riego de las plantas a la mujer que la limpiaba habitualmente, persona de absoluta confianza y de una gran competencia en su trabajo. Cuando regresamos, al cabo de una semana, comentó que su esposo le había ayudado a regar y hecho algunos arreglos en las plantas. Las ramas del ficus estaban colocadas de forma un poco extraña y el conjunto había perdido armonía; incluso daba la impresión de que faltaba alguna, pero no logramos descubrir si se debía a un corte. Bien es cierto que tampoco miramos a fondo porque teníamos que poner orden en la casa y nuestras ocupaciones, al cabo de un par de días de regresar, nos dejaban muy limitados de tiempo.

Pasado más de un año empezó a verse claro que el arreglo había sido poco afortunado, pero como tampoco veíamos lo que se podía hacer para remediar el desaguisado —sin empeorarlo— lo dejamos correr, confiando en que el tiempo obrara el milagro de recomponerlo. Mientras, quienes no dejaban de correr eran las ramas del ficus, las antiguas y las nuevas que surgían, de forma que la cosa se fue complicando de tal manera, que cualquier intento de poner orden empezó a ser superior a nuestras fuerzas y nos resignamos a que creciera a su aire.

Al cabo de otro año la rama principal ya había llegado a la lona que cubría la parte trasera del patio y, al no poder crecer hacia arriba, se fue por un lado, desarrollándose de forma horizontal al suelo y pegada a la pared. Con todo, tratamos de evitar el desmadre total mediante cuerdas que las mantuvieran a todas cercanas a las paredes del patio, excepto una, la preferida por los gorriones para columpiarse, que estaba fuera de control.


Meses más tarde, una rama joven salida de la principal encontró un hueco en la lona y salió por allí, abriéndose paso entre el enjambre de campanillas, dispuesta a ver mundo. Poco a poco fue creciendo y tirando hacia el cielo. Semana a semana se notaba que aparecía una hoja nueva, primero su vaina y luego ella. Las campanillas, por cierto, tuvimos que eliminarlas porque se estropearon de forma fulminante y a pesar de los cuidados, no pudimos salvarlas.

La rama consiguió abrirse paso por un hueco de la lona, entre el enjambre de campanillas. 



En la actualidad da gusto ver esta rama externa, convertida ya en un arbolillo con entidad propia, mientras el resto de la planta permanece en el invernadero. Tanto ella como una hija que ha tenido, que crece por su cuenta dispuesta a seguir su propia dirección, se alimentan de la rama madre, que, la pobre, apenas tiene fuerzas para sacar una hoja nueva de tarde en tarde.

Debajo de la lona la madre busca la salida al exterior,
arriba, su hija y su nieta crecen


Los gorriones, a los que las ramas van de perlas para sus evoluciones, han contribuido a desequilibrar al ficus. Las utilizan para posarse, como observatorio y como columpios, de forma que las ramas más largas —en especial la ya mencionada—, con un peso propio ya notable, han ido bajando de altura. El hecho de utilizarlas como observatorio se debe a que cuando estamos en el patio comiendo, leyendo, charlando o, simplemente, nos dedicados al dolce far niente, los gorriones no se deciden a bajar a comerse el pan que hemos puesto. Sólo descienden a recoger las mollitas los más decididos, que levantan el vuelo con una en el pico. Inmediatamente, los observadores, que no se han atrevido a bajar esperando que otros hagan la faena peligrosa, los persiguen para quitarles el pan.



He tratado de encontrar fotos de las diferentes fases, pero no de todas ha sido posible, aunque me consta que debe haber alguna de Alicante en la que aparece. De Aribau, lo veo improbable. Si en algún momento aparecen las añadiré a este trabajo Las utilizadas sirven, en cualquier caso, para dar una idea muy clara de su evolución.